miércoles, 11 de septiembre de 2019

El arte vive en tragedia y nadie hace nada. Por Victoria Bustillos (6S)


El 6 de Septiembre, a las 12:00 am, se nos invitó a transgredir lo cotidiano; haciendo lo que muchos ya olvidaron hacer a lo largo de sus vidas: leer. Pero no con un teléfono u otro aparato moderno en mano, sino con un libro. Esto provocó entre las miradas de la gente cierta incomodidad.

Fue el momento en el que al leer eras para los otros un hecho al intelectual o de esos que aman llamar la atención. Lo digo, porque en pleno viaje de Pumakatari, nos mandaron a callar; el desorden que generábamos, no hacía más que perturbar sus” perfectas “  vidas, ordenadas sistemáticamente, por no sé quién. Nunca pensé, que para hacer arte había que pedir permiso al pueblo, al municipio y al gobierno.

Claro, hay excepciones como en todo, sin embargo esta excepción la puedo contar con una mano, ya que tan solo era una persona. Ella, en plena lectura nuestra al unísono, hizo lo que no muchos hacen: fijar la mirada, calibrar el oído, callar, ser parte de lo que tal vez, una vez en su vida podrá ser. Y se lo agradezco. 

No sé, si una parte de mí se siente decepcionada, al saber que el arte en mi país es un tabú, pero para aquellos soñadores que lo expresan y desean ser escuchados, sin necesidad de una propaganda, un canon maravilloso que les represente con letras pequeñas al costado, es un acto difícil de lograr. Un artista en mi país, por más trabajos maravillosos que haga, no será recordado, claro, tomando en cuenta esa excepción que podemos contar si se quiere con las dos manos. 

Pedir perdón a Jesus Urzagasti por la falta que hay en el pueblo boliviano. Prometo que con lo visto ahora, al crecer, amaré que me induzcan al arte; el momento que sea, siempre estaré abierta a ese mundo que suele brindar colores, pensamientos y tiene algo que decir. Seré la excepción.

Lectura de Tirinea. Por Matías León (6S)


El viernes 6 de Septiembre a las 12 del medio día comenzamos un paseo del que se estuvo hablando en las aulas del colegio durante mucho tiempo: La lectura de Tirinea de Jesús Urzagasti en los buses PumaKatari y el teleférico. Dirigidos por la profesora Adriana, y un miembro del colectivo “Escándalo en tu barca” fuimos a la parada del Puma, todos unos bohemios.  

Al Puma solo fuimos capaces de entrar algunos estudiantes de sexto de secundaria y una estudiante de la pre promoción, se bajó pocas paradas después para subirse al siguiente bus donde estaba su curso. En resumen la lectura de Tirinea en el bus PumaKatari fue un fracaso. Todos estaban con sus audífonos y el chofer y su anfitriona nos prohibieron leer en voz alta a la mitad del recorrido. El resto del recorrido, hasta llegar a la última parada del bus fue un momento incomodo porque éramos en el bus el grupo de estudiantes al que hicieron callar por leer un texto que nadie conocía.

Llegamos a la última parada del bus, caminamos por San Pedro, por el Prado, llegamos a la plaza San Francisco, había una feria de cosas médicas, batallas de gallos, y con nuestra llegada y concentración se aumentó un grupo de estudiantes leyendo a gritos un texto que nadie conocía y que a nadie le importaba, literalmente. Leímos un buen rato, solo una persona nos prestó atención realmente, para el resto de las personas en esa plaza no éramos más que unos bohemios de la zona sur. La lectura de Tirinea en la plaza de San Francisco, en resumen, sería para un idealista un éxito, sería para un pesimista un verdadero fracaso y sería para un realista un... verdadero fracaso.

Cansados, agotados y exhaustos nos dirigimos al mercado Lanza, donde pudimos comer un pequeño almuerzo, paseamos y estuvimos por ahí hasta volver a vernos con el grupo en el atrio de San Francisco. Después caminamos hacia el mercado Camacho, donde ya nadie tenía ganas de leer ni una palabra más y alrededor de las 3:40 de la tarde todos nos fuimos por caminos separados.

¿Tirinea en la ciudad? Por Paolo Sapiencia (6S)


Es indispensable el conocimiento para lograr evolucionar como seres humanos, pues la ignorancia nos contiene en una sola idea tangencial. Observador citadino y embajador de las letras es en lo que me convertí por un día para poder transmitir un poco de la esencia de mi conocimiento. La voz se volvió el instrumento con el cual expresaría por la ciudad los fragmentos encantados del legado construido por el señor Urzagasti. Desembarcado en la odisea literaria, acompañado de mis colegas decididos, nos subimos en los contenedores metálicos para empezar a dispersar los pensamientos. Sus muros transparentes cual cristal permitirían contemplar cada parte del camino en cuestión de segundos. Esto, relato narrado por nosotros nos lleva a una dimensión onírica y fantástica. Los oyentes, algunos indiferentes a nosotros, otros emocionados y atentos, nos acompañaron el final el camino del vehículo en el que nos encontrábamos. Luego decidimos a esparcir un poco más las calles repletas de la ciudad. Los transeúntes nos miraban enigmáticos y al mismo tiempo satisfechos. Tras la larga nada de la mañana tomamos un descanso en caverna que acogía extranjeros de varias partes del mundo y también a nativos bohemios. Disfrutamos de un pequeño festín de sabor, pero, al momento de costearlo nos vimos en la contrariedad de no contar con el peculio. Para suerte nuestra la matriarca de una colega logró rescatarnos de tal desdicha con monedas de oro. De esta manera salimos atormentados con la idea de no terminar el recorrido que la cacique nos encomendó. Pese a todo, ella nos permitió retornar a nuestros hogares sin titubeos. Esta es la historia de nuestra singular y estrafalaria aventura que nos tocó vivir.